¿Ya te medicaste?
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“Pero tú te ves bien”.
La frase parece un cumplido. A veces hasta pretende tranquilizar. Sin embargo, también dice mucho de lo que todavía esperamos ver para creer que alguien tiene depresión.
Nos tranquiliza la apariencia. Si una persona trabaja, conversa, cumple con sus responsabilidades, se ríe, hace planes y continúa pendiente de los demás, asumimos que está bien. Y puede que no lo esté.
No toda depresión paraliza de la misma manera ni se anuncia con llanto permanente. Hay personas que continúan respondiendo a las exigencias de su vida mientras atraviesan un episodio depresivo. Tienen hijos, compromisos, responsabilidades, personas que dependen de ellas y una cotidianidad que no se detiene porque emocionalmente estén pasando por un mal momento.
Desde fuera, la vida sigue. Por dentro puede haber cansancio, pérdida del interés por cosas que antes producían placer, dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño, irritabilidad, desesperanza o una sensación de soledad difícil de explicar, sobre todo cuando se está rodeado de personas.
Se puede estar acompañado y sentirse solo. Se puede ser quien escucha, aconseja, resuelve y aparece cada vez que alguien necesita apoyo, y no sentirse igualmente sostenido cuando toca ocupar el otro lugar. No necesariamente porque nadie nos quiera, sino porque tener personas alrededor y sentirse emocionalmente acompañado no significan exactamente lo mismo.
La depresión tampoco necesita una desgracia que la justifique. Tener hijos que amas, pareja, amigos, trabajo, proyectos o razones para agradecer no constituye una vacuna contra ella. Por eso el conocido “pero si tú tienes de todo” sirve de poco. Quien atraviesa una depresión probablemente sabe lo que tiene. El problema no es que haya olvidado hacer el inventario de las cosas buenas de su vida.
La Organización Mundial de la Salud señala que la depresión puede manifestarse con ánimo deprimido, irritabilidad o sensación de vacío, pérdida del interés o del placer, dificultades de concentración, alteraciones del sueño, cansancio, desesperanza y otros síntomas. También establece que existen tratamientos eficaces y que, según las características y gravedad del cuadro, estos pueden incluir intervenciones psicológicas y medicamentos.
Y aquí aparece una contradicción que me resulta difícil de entender. Hablamos cada vez más de salud mental. Repetimos que hay que buscar ayuda, recomendamos ir a terapia, pedimos que se rompa el estigma. Hasta que sabemos que alguien se medica.
Entonces aparecen el “¿ya te medicaste?”, “te hace falta tu pastilla” o “ve donde tu psiquiatra”, no como expresiones de preocupación, sino dichas con sorna para descalificar a alguien durante una discusión.
No recuerdo haber escuchado a nadie intentar ridiculizar a una persona con diabetes preguntándole si ya se puso la insulina. Tampoco es habitual escuchar “ve a tomarte tu Cardioaspirina” para desacreditar la opinión de alguien que la tiene prescrita. Entendemos que existe una condición de salud y que esa persona sigue un tratamiento.
¿Por qué nos cuesta tanto verlo de esa manera cuando se trata de salud mental?
No estoy equiparando medicamentos. Un antidepresivo, la insulina y el ácido acetilsalicílico tienen indicaciones y mecanismos completamente distintos. El punto es otro: necesitar un tratamiento médico no debería convertirse en una característica con la cual avergonzar a nadie.
Tampoco toda persona con depresión necesita medicación. Hay tratamientos psicoterapéuticos eficaces y hay casos en los que el profesional considera indicado incorporar un antidepresivo. La decisión depende de la evaluación clínica y de las circunstancias de cada paciente. Cuando está prescrito, tomarlo no convierte a nadie en menos capaz, menos inteligente ni menos dueño de sus decisiones.
Hay personas que han hecho “todo lo correcto”: reconocieron que algo no estaba bien, buscaron ayuda, fueron a terapia, consultaron a un especialista y siguieron el tratamiento indicado. ¿De verdad vamos a convertir precisamente eso en motivo de burla?
Durante años hemos insistido en la importancia de atender la salud mental. Sin embargo, todavía persiste una contradicción: celebramos el discurso de buscar ayuda, pero no siempre tratamos con el mismo respeto a quien efectivamente la buscó. Y cuando una consulta psiquiátrica, un diagnóstico o un medicamento se utilizan para desacreditar a alguien, el mensaje que enviamos alcanza también a quienes todavía están decidiendo si se atreven a pedir ayuda.
Quizás deberíamos preocuparnos más por el estigma que todavía rodea ese paso. Porque no tiene mucho sentido decirle a la gente que busque ayuda y luego utilizar en su contra el hecho de haberla buscado.
El tema tampoco es pequeño. El Compendio de Estadísticas de Muertes Accidentales y Violentas 2021-2025 de la Oficina Nacional de Estadística registra 3,184 suicidios en República Dominicana durante ese período: 670 en 2021, 609 en 2022, 669 en 2023, 651 en 2024 y 585 en 2025, siendo esta última cifra preliminar. El suicidio es un fenómeno multicausal y estos datos no pueden atribuirse exclusivamente a la depresión. Hacerlo sería incorrecto. Pero sí ayudan a dimensionar por qué la salud mental merece una conversación bastante más seria que una burla sobre quién toma o no una pastilla.
No hace falta convertirnos en terapeutas de nuestros amigos, parejas, familiares o compañeros de trabajo. Hace falta algo más sencillo: no minimizar lo que no entendemos. No asumir que alguien está bien porque sigue funcionando. No utilizar un diagnóstico como insulto y, sobre todo, no convertir el tratamiento de una persona en material para juzgarla o desacreditarla.
A quien está pasando por una depresión tampoco debería exigírsele que luzca enfermo para creerle.
Puede que se vea bien.
Puede incluso que hoy esté mejor.
Y si para conseguirlo necesitó terapia, un psiquiatra, medicación, una red de apoyo o todo lo anterior, la pregunta no debería ser “¿ya te medicaste?”. Más bien, deberíamos alegrarnos de que decidió atenderse.
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